2. Los Vikingos y Alfredo el Grande


Los vikingos y Alfredo el Grande

Una Mercia debilitada por el disenso había cedido su supremacía a Wessex, bajo el rey Egbert (r. entre 802-839), hacia el año 830. A mediados del siglo IX, continuaron las relaciones carolingias, pero la atención comenzó a concentrarse cada vez más en una nueva amenaza: los vikingos. Lindisfarne cayó víctima del primer ataque escandinavo en el 793, enviando ondas de choque a través de todo Occidente. En 865 llega el primer gran ejército vikingo, y para el año 870 solamente quedaba Wessex resistiendo efectivamente.

El reinado de Alfredo el Grande (871-899) fue testigo de la progresiva invasión vikinga y su asentamiento, cosa que finalmente logró controlar, simbolizando el hecho con su tratado con Guthrum, líder de los daneses en East Anglia, redactado entre el 886 y el 890. Este tratado dividió Inglaterra en: Danelaw (Northumbria, East Anglia y los “Cinco Distritos” –“Five Boroughs”-, incorporando gran parte de Mercia), y la Inglaterra “inglesa”, conservando Wessex y el territorio al sur del Támesis, y la parte sudoccidental de Mercia.

La otra cuestión que más le preocupaba a Alfredo era la degeneración religiosa y cultural de Inglaterra, a la que atribuía todas sus desgracias. Reunió un grupo de eruditos, compuesto por mercianos (Wreath, Plegmund, Werwulf y Aethelstan), un galés (Asser) y dos académicos del continente (Grimbald de St. Bertin y Juan el Viejo Sajón). El programa para la revitalización de la cultura a través de los libros (y por lo tanto, un renacimiento espiritual) incluyó una política de traducción al Antiguo Inglés de obras de particular relevancia para la situación.

Un punto crucial se había alcanzado en la alfabetización inglesa: se estableció un grado de preservación de la antigua cultura insular, la influencia continental se convirtió en un rasgo característico más de la cultura anglosajona, y se desarrollaron nuevas tendencias en la literatura vernácula.

Del mismo modo, en el frente político se estableció el escenario para la próxima fase de la historia inglesa, dominada por la reconquista de Danelaw y un nuevo sentido de unidad nacional. Para finales de su reinado, Athelstan (925-939) había comenzado a hacer valer el imperio de una monarquía única en toda Inglaterra y el sur de Escocia y Gales; esta nueva estabilidad le permitió entrar en una serie de relaciones diplomáticas con el continente, y satisfacer también su amor por las artes y la cultura, con la adquisición de obras, reliquias e influencias de variadas fuentes.

La segunda mitad del siglo X fue testigo de la introducción de una campaña muy importante de reforma monástica, a lo largo de las fronteras continentales, favoreciendo (teóricamente) la observancia general de la Regla de San Benito (antes, quienes estaban a cargo de los establecimientos religiosos individuales podían determinar, en general, sus propias observancias). Bajo el patrocinio del rey Edgar (959-975), trabajaron tres grandes prelados reformistas: Dunstan, Arzobispo de Canterbury (960-988), Aethelwood, Obispo de Winchester (963-984), y Oswald, Obispo de Worcester (961-992; también Arzobispo de York, 971-992).

Este periodo de estrecha colaboración entre la Iglesia y el Estado, vio un florecimiento espectacular de las artes (los mismos Dunstan y Aethelwood eran consumados artesanos), sin faltar nunca el patrocinio.

La caída de los anglosajones

A fines del siglo IX y principios del X, se renovó el desorden general, con crisis de sucesión, conflictos entre los partidos a favor y en contra de la reforma, una alianza con Normandía y un gobierno débil bajo Ethelred II “Unraed”, el “mal aconsejado” (978-1016).

Comenzó nuevamente la intervención escandinava, esta vez asociada con las ambiciones de una monarquía danesa centralizada, lo que dio como resultado el ascenso de Canuto (1016-1035). Inglaterra se convirtió en parte de un imperio escandinavo septentrional: la paz quedó garantizada (formalizada por el contrato social de Canuto con los ingleses, años 1019-1020, según el cual se garantizaba la protección a cambio de la lealtad), y las artes florecieron nuevamente, patrocinadas por el rey y sus esposas.

Los conflictos por la sucesión tras la muerte de Canuto terminaron con la subida al trono de Eduardo “el Confesor” (1042-1066), otro benefactor de las artes. Pero sin embargo, la inestabilidad había permitido que los condes ingleses crecieran de forma desmesurada. A la muerte de Eduardo, su cuñado, Harold Godwine, Conde de Essex, usurpó el trono (a pesar de los reclamos del principal aliado de Eduardo, Guillermo de Normandía). Su reinado duró menos de un año; durante este tiempo, los lazos de las relaciones internacionales que se habían entretejido durante los años precedentes, tomaron forma en los eventos narrados por la tapicería de Bayeux. Con la conquista Normanda en 1066, la realidad política de la Inglaterra anglosajona llegó a su fin. Por fortuna, no su identidad cultural.

El testimonio de Domesday Book, un fenomenal censo de propiedades redactado a fines del reinado de Guillermo I (1066-1087), nos muestra claramente la caída de los anglosajones. Aquí están registrados solamente dos terratenientes ingleses importantes, y para el año 1087 quedaban nada más que un solo obispo inglés y dos abades importantes.

A pesar de todo, estos datos no deberían llevarnos a subestimar la continua contribución anglosajona. Las artes, incluyendo el libro, siguieron reflejando y fortaleciéndose bajo la influencia inglesa, aún cuando se introdujeron nuevos textos, a veces reemplazando a sus predecesores (en especial, en el campo de los libros eclesiásticos y de servicios, por ejemplos misales). Muchos aspectos (algunos de los cuales llegaron a nuestros tiempos) de la imponente estructura administrativa con que los normandos y sus sucesores angevinos (de Anjou) rigieron sus extensos imperios, estaban firmemente enraizados en el mundo anglosajón. La influencia anglosajona estaba lejos de terminarse, y ciertamente desempeñó un rol muy importante en la literatura, el arte, la cultura y la administración del mundo medieval (y también moderno).
Imagen: The New Minster Charter.c. 966, Winchester, New Minster. Este frontispicio de la carta del rey Edgar al Nuevo Ministerio, conmemorando su adopción del Benedictismo, es el ejemplo más antiguo del estilo "Winchester", completamente pintado. Edgar aparece representado aquí entre la Virgen y San Pedro, presentándole la carta a Cristo. (BL Shelfmark Cotton MS Vespasian A.VIII, f2v.)

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