3. Lectura y Escritura de Manuscritos en el Mundo Anglosajón


A partir de la desaparición del imperio romano y hasta el surgimiento de las universidades occidentales (alrededor del 1200), lo cual generó un gran crecimiento en la producción y comercialización de libros seculares para adaptarse a las demandas de un público cada vez más culto, por lo general se asume que la producción de libros era competencia exclusiva de los monasterios. Y así era, aunque hay señales de una continua producción secular de documentos en otros lugares de la Europa medieval, y queda todavía la posibilidad de una participación laica limitada en la producción de libros.

Dentro del ámbito de la producción eclesiástica, no hay que pensar en una asociación permanente a un “scriptorium” (“oficina para escribir”): los mismos manuscritos presentan muchas evidencias de que los escribas y los artistas, así como sus obras y sus ejemplares, eran móviles. Además, la escritura no estaba limitada a aquellos cuyos talentos que tenían el sentido de “opus dei”, u “obra para Dios” (una parte integral de la jornada monástica prescripta, por ejemplo, dentro de la regla monástica redactada por Casiodoro), consistían largamente en la producción de libros. Varios clérigos que no eran escribas monásticos “profesionales” (como Bonifacio, Willibrord, Aelfric y Wulfstan) han dejado muestras de sus propias manos en anotaciones marginales.

Un detalle importante: en un periodo en donde la producción de libros era una actividad manual, la “alfabetización” no significaba necesariamente la capacidad de escribir; las obras podían ser dictadas a un escriba competente, aún por eruditos notables de la Edad Media tardía.

La alfabetización en la Ingaterra anglosajona

Evaluar el alcance de la alfabetización en la Inglaterra anglosajona (incluso en un sentido restringido, convencional, de la capacidad de leer y escribir) es extremadamente difícil, dada la naturaleza de las fuentes. La clase social puede bien haber sido el principal factor determinante, con los niveles más altos de la sociedad disfrutando de un acceso más amplio, si no restringido, al aprendizaje. Tales capacidades habrían estado mucho más difundidas dentro de la Iglesia que dentro de la sociedad estratificada, pero hay algunos indicios provenientes de Inglaterra, y aún más del continente, de que la instrucción podía ser adquirida afuera, y que aquellos educados dentro de un contexto eclesiástico podían reingresar en la sociedad secular. Además, aquellos de las clases más bajas podían ganarse el acceso a la enseñanza a través de su entrada en la Iglesia.

Hay evidencias de que algunas figuras seculares específicas, como el rey erudito de Northumbria, Aldfrith (que reinó entre 686-705), y Alfredoo el Grande (871-899), pueden haber sido capaces de escribir y también de leer. El monje galés Asser escribe, del hijo más joven de Alfredo, Aethelweard, que “fue entregado al entrenamiento en la lectura y la escritura bajo el atento cuidado de maestros, en compañía de todos los niños nacidos nobles de casi toda la zona, y otros muchos no tan nobles”. En cambio, no todos los clérigos sabían leer, según se quejaban Bede y Alfredo (el primero, cuando hacía un recuento de los problemas en la formación de sacerdotes analfabetos de habla inglesa).

Las mujeres también participaban en la producción de libros. En 735-736, el misionero Bonifacio le escribía a la abadesa Eadburh de Minster-in-Thanet pidiéndole que su comunidad “… me escriba en oro las epístolas de mi señor, San Pedro Apóstol, para lograr el honor y la reverencia hacia las Sagradas Escrituras cuando se rezan ante los ojos de los paganos… Le envío el oro para escribirlas”. Las monjas obviamente podían producir obras de prestigio, y algunas finas correspondencias antiguas también fueron compuestas por ellas. La obra del Aldhelm en elogio de la virginidad, dirigida a las monjas de Barking, demuestra la destreza que necesitaban para encarar este complejo estilo, y dichas señoras respondían con ansias a una tarea de investigación presentada por Bede en su recopilación de datos para su “Historia Eclesiástica”.

Alfredo aprende a leerLas mujeres religiosas también estaban a cargo, a menudo, del cuidado y la educación de niños que entraban temprano en la vida religiosa. Asimismo, el rol de las madres en la preparación de los jóvenes ocasionalmente podía haber encontrado fundamentos en la expresión literaria. Asser nos dice sobre el joven Alfredo:

Un día, entonces, cuando su madre le estaba mostrado a él y a sus hermanos un libro de poesía inglesa… ella dijo “Le voy a dar este libro a cualquiera de ustedes que pueda aprenderlo más rápido”. Alentado por estas palabras, o bien por inspiración divina, y atraído por la belleza de la letra inicial en el libro, Alfredo… inmediatamente tomó el libro en sus manos, se dirigió hacia su maestro y lo aprendió. Cuando lo aprendió, se lo devolvió a su madre y lo recitó”.

Los hombres y mujeres miembros de las clases más altas de los “thanes” (o “thegns”) (por sobre los hombres libres comunes y por debajo de los nobles) también a menudo poseían varios libros, aunque no es posible decir con certeza si podían leerlos sin la ayuda de un sacerdote.

El rol de la escrituraPara la mayoría de la población, lo más cercano que podían llegar a estar de un manuscrito era un vistazo de los imponentes libros de servicio que se utilizaban en las ceremonias religiosas, con las imágenes explicadas a veces por el sacerdote, si tenían suerte; o cuando asistían a un tribunal de justicia, donde la evidencia escrita se vuelve cada vez más importante a partir del siglo IX; o cuando podían leer las órdenes del rey.

Pero dentro de la comunidad monástica la mayoría de los religiosos recibía instrucción en el aula; aquellos con algunas aptitudes iban a convertirse en “lectores” (eruditos) y/o “scriptores” (escribas), una distinción que parece haber sido particularmente observada en Irlanda.

A los escribas entrenados frecuentemente se les permitía poner a prueba sus manos, incluso en obras prestigiosas (como por ejemplo la Biblia Real), y muchas veces se detectan sus tareas en los mismos pasajes de los manuscritos.

Las prácticas variaban, aunque en general la orden de trabajo consistía en la preparación del pergamino (pieles de animales curtidas), el calado y el rulado de las hojas, la escritura, el agregado de rúbricas (títulos, encabezamientos, etc., por lo general en “rubeum”, rojo), decoración, corrección, armado de las hojas en “manos”, cosido y encuadernación (tal vez incluyendo cubiertas trabajadas en metal o un “cumdach”, o relicarios para libros).

La composición de los equipos de trabajo era variable. Por ejemplo, en el scriptorium de Lindisfarne, a principios del siglo VIII, podían trabajar cinco escribas en un libro escolar, mientras que los grandes evangeliarios, como los Evangelios de Lindisfarne, aparentemente eran obra de un solo artista-escriba. Eadfrith, el presunto escriba de los Evangelios de Lindisfarne, logró su posición de Obispo de Lindisfarne (su encuadernador, Aethilwald, más tarde lo sucedió en el cargo) y fue obviamente un importante miembro de la comunidad. Tal vez su obra en este importante tema de culto representaba su propia “opus dei” personal, reforzando así su posición.

Escribas y mecenasEn Irlanda se le daba gran importancia al “héroe escriba”, lo cual posiblemente se extendió hacia Inglaterra, aunque allí sobreviven pocas referencias a los escribas antiguos (además del famoso irlandés Ultan, celebrado en un poema). Los colofones (inscripciones que registran información acerca de la producción de un manuscrito, otra vez favorecidas en primer lugar por los irlandeses) conservan algunos nombres: Wigbald, escriba-maestro de un equipo grande que trabajó en los Evangelios de Barberini; y Cutbercht, un anglosajón que trabajaba posiblemente en Salzburgo en un evangeliario que lleva su nombre.

Más tarde, en el mismo periodo, varios escribas de “alto vuelo” dejaron constancias de sus trabajos. Entre ellos, Godeman, probablemente un monje de Winchester primero y Abad de Thorney después, a quien el Obispo Aethelwold le encargó su Bendicional aproximadamente en los años 971-984, y quien es conmemorado, junto con su mecenas, en un poema. Aelsinus, tal vez un monje de New Minster, Winchester, durante el segundo cuarto del siglo XI, está registrado como escriba del Libro de Oraciones de Aelfwine, y también trabajó en el “Liber Vita”, de New Minster. Pero quizás el escriba más notable de todos haya sido Eadui Basan, un monje de Christ Church, Canterbury.

La obra de Eadui incluía un Salterio y un Evangeliario que reciben su nombre, los Evangelios de Grimbald y contribuciones a los Evangelios de York, el Salterio Harley y el primer Salterio Vespasiano.Su trabajo en cartas que datan de la segunda o tercera década del siglo XI nos proporciona una buena referencia para datar sus emprendimientos. Eadui también habría sido un consumado artista. Probablemente es quien está representado tomando los pies de San Benito en el Salterio de Eadui.

A partir de fines del siglo IX en adelante, los mecenas se registraron más fácilmente. Antes, las obras de Bede o de Aldhelm podían llevar dedicatorias, pero los verdaderos propietarios de los libros eran mencionados raramente. Las “publicaciones oficiales” de Alfredo permiten asociar una gran cantidad de obras con su círculo, por ejemplo el Hatton Pastoral Care lleva una carta a manera de prólogo, de recomendación, en el caso de la esta copia dirigida a Werferth, Obispo de Worcester. El rey Athelstan se ha demostrado que adquirió, y encargó, una gran cantidad de libros, incluyendo algunos del continente (como los “Evangelios de Coronación” de Lobbes, utilizados tradicionalmente como el libro de juramento en las coronaciones inglesas) y de Irlanda. Se le acredita la fundación de la biblioteca real.

El rey Edgar y sus obispos reformistas eran notables mecenas. Canuto y sus esposas son recordados por haber desplegado las artes hacia algunos de los espléndidos libros producidos durante el siglo XI.Otros mecenas seculares incluyen a Santa Margarita de Escocia (muerta en 193), nieta de Edmund Ironside, quien huyó hacia el norte tras la conquista, dando lugar a su matrimonio con el rey Malcolm III. Una reformista piadosa, los libros de Margarita incluían un Evangeliario que contenía un poema que registraba un evento en el cual se le da un chapuzón en el río por un sacerdote descuidado. Otra dama notable, la condesa Judith de Flanders, propietaria de cuatro evangeliarios escritos por escribas ingleses (tres hechos en Inglaterra y uno en St Bertin). Judith era la novia de Tostig Godwinson, conde de Northumbria, un importante protagonista de los eventos que rodearon a la conquista, y quien estuvo en Inglaterra entre 1051 y 1064.

Por lo tanto, en la Inglaterra anglosajona la alfabetización era terreno principal, si no exclusivo, de la Iglesia. Los libros podían ser hechos dentro de las comunidades religiosas para una variedad de “clientes”: para la comunidad misma, o para otro establecimiento religioso; para los sacerdotes, que necesitaban libros para cumplir con sus tareas; para clérigos individuales, a menudo de alto rango; o para figuras seculares, hombres o mujeres, nobles o de la realeza.



Evangelios de Lindisfarne. Principios del siglo VIII, Lindisfarne.
El manuscrito elaborado en el monasterio de Lindisfarne contiene 258 hojas de pergamino, preparado a partir de piel de terneros. Esta imagen desplegada nos muestra la página-carpeta introductoria del Evangelio de San Mateo (a la izquierda) y la página principal con la inicial decorada al principio de dicho evangelio.
(BL Shelfmark Cotton Nero D IV, ff.26v-27.) British Library.





Bendicional de San Aethelwold, 971-984, Winchester.

Un magnífico libro de bendiciones episcopales, encargado por Aethelwold, Obispo de Winchester (963-984), al escriba Godeman.
La imagen muestra un detalle del comienzo de las bendiciones de Pascua, y representa a las Mujeres ante la Tumba.
(BL Shelfmark Add. MS 49598, f.51v.)
British Libray















Salterio de Eadui, 1012-1023, Canterbury. Este imponente salterio fue escrito por el famoso escriba Eadui Basan, quien tal vez está aquí representado a los pies de San Benito.
(BL Shelfmark Arundel MS 155,f.133).
British Library.

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